Salvador fue fundada en 1549 sobre una colina, dominando una inmensa bahía, según la vieja tradición portuguesa. Primera capital del país, la ciudad enseguida incorporó otras dos funciones: la de puerto de apoyo a las rutas del Oriente y la de gran centro de exportación de azúcar.
Estas dos actividades irían a contribuir a la conformación de una población mestiza de portugueses y esclavos africanos, importados a gran escala para el cultivo de la caña de azúcar. A éstos se sumaron otros contingentes étnicos, a partir de finales del siglo XIX, dando origen a una cultura popular muy rica, en la que se mezclan aspectos occidentales, africanos y, en menor escala, orientales.
No es menos original la ciudad de dos pisos que esta gente creó. Sobresalían sobre la colina las torres de las iglesias, las moles de edificios públicos y las grandes mansiones de los señores del azúcar, negreros y exportadores.
Por las cuestas se deslizaban las casas de la gente sencilla. En el puerto, las lonjas, los sobrados de oficinas (sobrados = casas de dos o más pisos, típicas de las ciudades coloniales) y las casas de los pescadores y marineros.
La primera muralla no fue capaz de rodear toda la ciudad por mucho tiempo y ya en el siglo XVI se amplió para proteger el Colegio de los Jesuitas, el Convento Franciscano y el barrio que se formó a su alrededor. Extramuros quedaron otros dos grandes conventos y barrios: Carmo, al norte, y São Bento, al sur.
Uno de los espacios públicos más representativos de esta ciudad antecedía a las Puertas del Carmo, el Pelourinho. Las calles que convergían en esas puertas dieron origen a una plazuela de forma triangular y en declive, que continuaba en la ladera del Carmo.
Su nombre derivaba de la presencia en este espacio de un pilar de piedra, símbolo en la Metrópoli, de justicia y de autonomía municipal, pero que en la Colonia se transformaría en instrumento de discriminación y tortura. Dicha plazuela, que es una mezcla de plaza, mirador mediterráneo y terraza africana, prestaría su nombre a lo que se ha conservado del centro histórico de Salvador, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en 1985.
El descubrimiento de oro y piedras preciosas en la Meseta Central, a principios del siglo XVIII, trajo más riqueza a la ciudad y se construyeron muchos edificios y otros se rehicieron con mayor lujo. De esa época son la mayoría de las iglesias de las cofradías, con sus retablos dorados y su notable colección de imágenes barrocas.
Hasta finales del siglo XIX, cuando la economía azucarera entró en crisis, la ciudad se conservó intacta. En la segunda década de este siglo, la ampliación del puerto de Salvador y de sus accesos desencadenaría un proceso de modernización de la mitad sur de la ciudad colonial.
La parte norte, olvidada de los medios de comunicación, se conservaría intacta pero iniciando un proceso lento de empobrecimiento, con la huída de sus habitantes originarios hacia los barrios periféricos burgueses. En los años treinta, a la pobreza se sumaría la prostitución a este barrio de la ciudad.
Las primeras medidas para la restauración del barrio datan de 1967, con la creación de una fundación. Durante los difíciles años ochenta, el Estado dejó de invertir en este área y el barrio entró en un proceso acelerado de degradación física y social. Pero el retorno de la tradicional bendición de São Francisco y los ensayos y "shows" de grupos musicales y coreógrafos negros, como Os Filhos de Gandhi, Olodum y Levada do Pelô, pasaron a atraer a gran número de personajes populares al barrio, despertando la atención de otros sectores de la sociedad.
A partir de 1992, el gobierno del estado de Bahía inició un gran proyecto de recuperación del barrio, que incluía la renovación de su infraestructura y la consolidación y adaptación de sus edificios para funciones turísticas.
El proyecto Recuperación del Centro Histórico de Salvador es el mayor programa de este género realizado en el país, con la particularidad de que ha sido totalmente financiado por el gobierno de un estado. Hasta mediados de 1996, el estado de Bahía invirtió a fondo perdido cerca de US$ 24 millones, sin contar la financiación concedida a los comerciantes que se instalaran en el barrio.
Con estos recursos se recuperaron 334 caserones y se reconstruyeron nueve ruinas. Pero esta labor ha entrañado, también, un elevado coste social. Más de 500 vecinos tuvieron que abandonar sus casas y los nuevos comerciantes se quejan de la saturación de turistas.
Los antiguos habitantes de la ciudad están haciendo revivir los valores culturales tradicionales y las nuevas generaciones los están descubriendo. A pesar de todas las vicisitudes por las que ha pasado, el Pelourinho continúa siendo una fiesta de gente, color, música y magia.