El nombre de esta región, impuesto desde la época
de la Conquista española, refleja las características
geográficas de un territorio enclavado entre las altas
montañas de la Cordillera Central. Tierradentro, localizado
en el departamento del Cauca, es el reflejo de la existencia
de culturas precolombinas que dejaron grandiosas manifestaciones
de arquitectura funeraria.
Su máxima expresión artística está
representada en las tumbas subterráneas conocidas como
hipogeos, algunas excavadas a más de siete metros bajo
tierra y decoradas en su interior con pinturas de formas geométricas
en rojo y negro sobre blanco, y con relieves de figuras antropomorfas.
La zona arqueológica, actualmente habitada en gran
parte por indígenas Paeces, comprende el área
que rodea a la población de San Andrés de Pisimbalá,
y los hipogeos más representativos se hallan en la
Loma de Segovia, el Alto del Duende, el Tablón, el
Alto de San Andrés y la Loma del Aguacate. Allí
podrá visitar también un museo que conserva
urnas de cerámica halladas en el interior de las tumbas,
así como artefactos y utensilios que ilustran el entorno
cultural de la comunidad indígena Paez.
La región arqueológica de Tierradentro recibió
este nombre de los soldados españoles al mando de Sebastián
de Belalcázar, quienes a principios del siglo XVI encontraron
obstáculos en la penetración conquistadora,
debido a la conformación montañosa y quebrada
del terreno, a sus ríos profundos y caudalosos, y a
la oposición de los indios paeces.
Localizada en la Cordillera Central colombiana, comprende
una superficie de 1.900 kilómetros cuadrados. El núcleo
de los vestigios arqueológicos abarca los actuales
municipios de Inzá y Belalcázar, en especial,
los alrededores de San Andrés de Pisimbalá,
donde se encuentran las principales necrópolis y donde
se delimitó el actual Parque Arqueológico, inscrito
en la Lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad de la Unesco
en 1995.
El sacerdote español fray Juan de Santa Gertrudis,
fundador y doctrinero de pueblos indígenas, quien visitó
la región en 1756, fue el primero en escribir sobre
la presencia de tumbas indígenas en la zona en su libro
Maravillas de la Naturaleza.
La creencia en un mundo en donde se prolonga la existencia,
es uno de los temas más importantes del pensamiento
humano. La cultura de Tierradentro no fue ajena a esta pregunta
y nos dejó un legado muy importante en sus vestigios
arqueológicos.
En los ritos funerarios de esta cultura se han descubierto
dos fases. El entierro primario, que comprendía la
construcción de una sepultura -algunas eran unos pequeños
fosos cilíndricos donde apenas cabía el cuerpo
flexionado-, dentro de la cual se colocaban algunos objetos
de su pertenencia y alimentos para el paso a la nueva existencia.
La segunda parte del ritual se cumplía cuando los huesos,
ya desencarnados, eran trasladados a nuevas sepulturas de
mayores dimensiones -los hipogeos-, que servían para
el entierro colectivo de un grupo humano, diferenciado socialmente.
Las paredes y el techo estaban recubiertas de tierra blanca,
sobre la cual se pintaban líneas paralelas, cuadrados
y rombos concéntricos en colores rojo y negro. Según
algunas hipótesis en ciertos pueblos precolombinos,
el rojo significaba la sangre y la vida; el negro, la muerte
y la oscuridad; y el blanco, la luz y el nacimiento.
Este tipo de decoración explica un acontecer cíclico
de muerte y renovación. La línea recta predominante
en el diseño de esta decoración interna es interrumpida
por algunas figuras humanas de grandes proporciones con los
brazos en alto, o por círculos concéntricos
como representaciones solares, medialunas y lagartijas.
En algunos de estos hipogeos la decoración de negro
y rojo indica los elementos de unión entre vigas y
columnas, y el diseño de los rombos concéntricos
es igual al resultado del entretejido de fibras vegetales
utilizado en las construcciones indígenas, lo que hace
pensar que se trata de la representación de la vivienda
en vida que tuvieron estos habitantes de Tierradentro.